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MARIA CATTANEO -O, se recordó a sí misma, ahora volvía a llamarse Rossi, aunque oficialmente no sería su nombre hasta después del divorcio- agarró con más fuerza la manita de su hijo mientras contemplaba el lujoso chalet que tenía ante sí. ¿Cómo podía algo tan familiar sentirse tan extraño al mismo tiempo? Llevaba años pasando las Navidades y esquiando en el chalet Cattaneo de Mont Coeur, mucho antes de que Sebastian y ella se casaran, y al menos por fuera, el chalet apenas había cambiado en todo ese tiempo.
El mismo porche de madera rodeaba el chalet, de gran tamaño pero de estilo tradicional, con vegetación festiva y bayas enrolladas alrededor de sus vigas para celebrar la estación. Una gran corona verde y roja colgaba de la puerta principal. Dentro, María podía ver las luces parpadeando a través de las ventanas y sabía que un árbol de Navidad absurdamente enorme estaría engalanado de rojo y dorado, en algún lugar fuera de su campo visual.
Todo estaba igual. Todo, excepto ella.
¿Mamá? A su lado, Frankie levantó la vista, con la carita casi oculta por la capucha de su traje de nieve. Hacía mucho frío y estaba oscureciendo; tenía que meterlo dentro.
Lo que significaba llamar a la puerta.
¿Estás listo, flautín?», preguntó María, forzando una sonrisa. Si Frankie percibía su inquietud y su malestar, él mismo se pondría nervioso. Y eso no iba a hacer que este regreso forzado a casa fuera más fácil para ninguno de los dos.
«¿Para ver a papá? Frankie asintió, con una expresión extrañamente seria para un niño de dos años.
Me alegro de que uno de los dos esté preparado, pensó María, mientras lo cogía en brazos y subía los escalones. Luego, respirando hondo, llamó a la puerta del chalet.
Tal vez contestara su cuñada Noemi. O incluso el misterioso nuevo hermano que su marido y su cuñada parecían haber adquirido desde que María se había marchado. Básicamente, cualquiera sería mejor que…
Sebastian.
La puerta se abrio y aparecio el familiar y musculoso cuerpo de su marido, y por un momento Maria estuvo segura de que nada habia cambiado.
había cambiado. Que nunca se había ido, que seguía enamorada de él, que eran felices…
Volvió en sí. No había sido feliz. Por eso se había ido. La felicidad estaba a cientos de kilómetros de distancia, de vuelta en la pequeña casa de campo en
el borde de la finca de sus padres, donde ella y Frankie habían estado viviendo durante el último año. No estaba aquí, en los Alpes suizos, en el lujoso chalet de los Cattaneos. Y desde luego no era con Sebastian, por mucho que su yo más joven hubiera deseado y soñado.
Él no podía darle lo que ella necesitaba. Si ella hubiera pensado por un momento que el podia, Maria no se habria ido. Pero el Sebastian del que se había alejado no era capaz del amor que ella necesitaba. Tuvo que mantener ese pensamiento en su mente durante toda la visita, de lo contrario no habría forma de que sobreviviera con el corazón intacto.
Cuando Sebastian la llamó y le pidió que viniera a pasar las Navidades con Frankie, su primer instinto fue negarse. Se las había arreglado para evitar todas las visitas que Sebastian había hecho a su hijo, enviando a Frankie con su abuela o con Seb, que se encargaba de recogerlo en casa de sus padres cuando María no estaba. Sólo había habido dos o tres visitas en todo el año, así que no había sido difícil organizarlo.
Pero por muy difícil que fuera volver, María también sabía que era lo correcto. Su hijo necesitaba a su padre en su vida. Y Sebastian habia pasado por tantas cosas ultimamente… una visita de Frankie en Navidad era lo menos que podia hacer.
Y luego había estado ese críptico mensaje de voz de Noemi en su teléfono cuando había aterrizado, diciendo que esperaba que María estuviera allí esta noche, ya que tenía algo que discutir con toda la familia.
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